En plena semana de Halloween, muchas familias han sentido auténtico terror, pero no por disfraces ni calabazas, sino por ver cómo un colegio público de Jaén, el CEIP Jesús María, ha tenido que cerrar sus puertas por graves desperfectos que evidencian el abandono al que se somete desde hace años a buena parte de las infraestructuras educativas de la provincia.
Desde la Federación de AMPAs de la Escuela Pública de Jaén, FAMPA “Los Olivos”, manifestamos nuestra indignación ante una situación que no puede volver a repetirse. Es inaceptable que la seguridad de nuestros hijos e hijas dependa de la suerte o de la resistencia de edificios con décadas «incluso más de un siglo» de antigüedad, algunos de ellos con defectos graves desde su ejecución por la Administración competente, y sin un plan de mantenimiento real y eficaz.
El caso del CEIP Jesús María no es un hecho aislado, sino el reflejo de una falta de planificación y atención sistemática por parte de la Administración educativa. La Delegación Territorial de Desarrollo Educativo y Formación Profesional lleva años recibiendo avisos, escritos y solicitudes de actuación por parte de numerosas AMPAs, sin que se materialicen soluciones.
Entre los centros que vienen reclamando obras urgentes desde hace años, se encuentran:
CEIP Navas de Tolosa, de Jaén capital (AMPA “El Navas”), con deficiencias estructurales y patologías graves por asentamientos.
CEIP San Sebastián, de Higuera de Calatrava (AMPA “San Sebastián”), donde las condiciones requieren una intervención inmediata para garantizar la seguridad del alumnado.
No queremos más sustos. Lo ocurrido en el CEIP Jesús María debe servir como alerta y punto de inflexión: las instituciones no pueden seguir actuando solo cuando el problema ya se ha convertido en emergencia.
Desde FAMPA Los Olivos exigimos a la Junta de Andalucía: Una evaluación urgente y pública del estado de todos los centros educativos de la provincia.
Un plan de mantenimiento preventivo y transparente, con plazos, presupuesto y seguimiento. La reparación inmediata de los centros cuyas deficiencias llevan años documentadas y denunciadas por las familias.
No hablamos de “caprichos” ni de “peticiones nuevas”. Hablamos de seguridad, de responsabilidad y de respeto a la escuela pública.
Las familias no deberíamos temer cada otoño que las lluvias o humedades conviertan las aulas en un nuevo episodio de susto o suspense. Porque la educación pública no necesita más fantasmas de promesas incumplidas, sino hechos visibles y compromisos reales.
